viernes, 11 de agosto de 2017

UN TRABAJO COMO CUALQUIER OTRO

Por lo general, su jornada empieza en las últimas horas de la tarde, y se extiende hasta la madrugada, dependiendo del día de la semana y la época del año. Van reuniéndose con sus trajes vistosos y desgastados alrededor de unas pocas cuadras donde su trabajo es permitido, y donde los clientes saben que pueden encontrar sus servicios. 

Se cuidan mutuamente de los peligros de la calle, pero cuando aparece un cliente, compiten ferozmente. Se regatea una tarifa y se acuerda un servicio: los términos y el lugar donde será prestado. 

Es curioso: algunos clientes llegan en momentos de tristeza, tantas veces causada por una ruptura amorosa. Otros, en cambio llegan imbuidos por la euforia y la excitación. Casi todos, bajo el efecto mayor o menor del alcohol. Habrá clientes recurrentes, para quienes esta práctica hace ya parte de su vida, a fuerza del hábito que crearon. Todos ellos llegan, conscientes de que se trata de una transacción comercial, pero anhelando obtener una experiencia especial; placentera, o en algunos casos paliativa del dolor. 

Cuando terminan con un cliente, vuelven al mismo lugar, exhibiéndose, esperando que llegue uno más y de este modo la noche haya valido la pena. y así va su vida, vendiendo placer e incluso alegría con su cuerpo y sus talentos, llevando un oficio en el que pocos quisieran ver a su propia progenie, pero también un servicio al que los miembros de esta sociedad recatada y clasista siguen recurriendo una vez tras otra. 

En realidad, nunca se acostumbran a la calle, y añoran otra modalidad de trabajo, aquella donde ofrecen sus talentos y encantos en un establecimiento más formal, por una paga considerablemente mejor. Quienes trabajan en mejores condiciones, prestan sus servicios en lugares o reuniones privadas, acuerdan los encuentros por teléfono con antelación, y se dan el lujo de escoger y hasta despreciar clientes. En esta élite están quienes cobran lo suficiente para llevar una vida mucho más holgada y aún lujosa. 

No cabe duda: la vida y el trabajo de un mariachi son bastante duros, y quienes se entregan a esta profesión, demuestran una devoción admirable por la música y el privilegio de llevar emociones y sentimientos a quienes puedan permitirse pagar por ellos.

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