Cuando estuvieron todos sentados, el viejo empezó a hablar. No tosió, ni hizo ningún ademán para solicitar la atención de los demás, sino que sus palabras empezaron a fluir contundentes y bruscas, apelando a la licencia que otorga la experticia:
-En vista del poco tiempo con el que contamos para esta reunión, voy a compartir sin preámbulos las conclusiones a las que he llegado...-
El viejo hizo una pausa súbita, demostrando que había pasado por alto un protocolo importante, aún en la situación apremiante en la que parecía encontrarse.
-Me acompaña Luisa, mi hija. Para ninguno de ustedes es un secreto mi condición médica, y atendiendo a las recomendaciones clínicas y a mi propia seguridad, trato siempre de estar acompañado por un miembro de mi familia. Luisa está perfectamente consciente del grado de discreción que requiere el tema que vamos a abordar.-
Algunos asistentes, los más veteranos, cruzaron miradas de incomodidad, mientras que las caras de los ejecutivos novatos reflejaban un marcado desconcierto. Luisa bajó sus ojos y leyó unas palabras inexistentes en la libreta en blanco que acababa de poner sobre la mesa.
El viejo empezó a hablar nuevamente:
-Las empresas de manufactura hace mucho que no son empresas de manufactura, la fabricación de cualquier bien puede llevarse a cabo en cualquier país que provea fuerza de trabajo económica. El verdadero valor de esta compañía está en la información que poseemos. Información en forma de patentes, de buenas prácticas y de procedimientos estandarizados. De nada sirve...-
Una imágen vino a la cabeza del viejo: su esposa, aún joven, se encogía sobre sí misma y gemía, vencida por la implacable desolación de quien ha perdido una persona amada. Esa imagen despertó dentro del viejo una tristeza helada que lo habitaba desde hacía muchos años.
-De nada sirve gastar el dinero de la empresa en sofisticados sistemas de seguridad electrónica, si la gestión del recurso humano es deficiente, como claramente quedó demostrado con este incidente. El director de recursos humanos hace énfasis en la robustez de los procedimientos de vinculación, pero...-
La mirada del viejo se fijó en Luisa, y presintió una realidad que le cortó la respiración: No recordaba nada de la niñez de su hija, ni de su juventud. No recordaba ni siquiera haber tenido una conversación con su hija durante el viaje hacia la reunión.
-Pero los procedimientos de terminación de la relación laboral han sido descuidados con total apatía, a pesar de las recomendaciones y advertencias que se realizaron hace bastante tiempo desde la gerencia de manejo de crisis.
En este punto, el viejo estaba totalmente convencido de que Luisa no lo había acompañado a la reunión, porque la única hija que había tenido, había fallecido a los pocos meses de haber nacido.
Su alusión a una hija inexistente explicaba la perplejidad de los asistentes a la reunión. Aún así, el viejo confiaba en que sus palabras aún tenían el peso de la verdad, y sus argumentos llevaban la contundencia de la maestría con la que tradicionalmente había manejado estos casos, a pesar de su enfermedad. Después de todo, siempre había sido transparente con su estado, y en ningún momento había ocultado el diagnóstico médico.
El viejo continuó con su discurso, pensando en la mejor manera de excusar o restar importancia a su delirio al concluir su intervención.
Luisa fijó sus ojos inexpresivos en el viejo. Consciente de su estado, no tenía más remedio que cuidar de él cuando más se distorsionada su realidad.
Hacía mucho tiempo que había abandonado su propio trabajo, y se dedicaba solamente a seguir pasivamente a su padre, para evitar que se provocara algún daño a él mismo o a alguien más durante los delirios causados por su enfermedad. Lo acompañaba discretamente, sin confrontarlo para intentar sacarlo de su desvarío, pero tampoco reforzaba sus fantasías ni le seguía el juego.
Esta mujer pequeña y marchita ya no sentía tristeza cuando, durante algún episodio de la enfermedad, el viejo explicaba lúcidamente cómo se había originado la crisis en la compañía, y cuáles eran los pasos para conjurarla, ante una audiencia inexistente, en una sala de juntas vacía.
Esperaría que el viejo terminara su disertación, y lo convencería pacientemente volver a casa.
La reunión concluyó para fortuna de todos. Ninguno de los asistentes mencionó el extraño suceso. Los ejecutivos más jóvenes no hicieron ningún comentario, por temor a hacer el ridículo al no conocer a quien podría ser una joven directora asociada de la compañía. Los asistentes de mayor jerarquía no hicieron ninguna pregunta porque no querían ponerse en evidencia al no reconocer a quien probablemente sería una de sus subalternas.
De todas maneras, todos sintieron recelos ante aquella mujer menuda y desconocida, que entró a la sala al inicio de la reunión y se limitó a fingir que leía una pequeña libreta, sin decir una sola palabra.